La colección de alfabetos de Charles Bluemlein representa un registro crítico de la era dorada de la rotulación manual (hand lettering) en los Estados Unidos. Durante el periodo comprendido entre 1930 y el desenlace de la Segunda Guerra Mundial, la ciudad de Nueva York operó como un nodo de producción caligráfica sin precedentes, empleando a más de 200 rotulistas profesionales. La posterior hegemonía de la fotocomposición y la irrupción de la tipografía digital supusieron la obsolescencia técnica de este oficio, desplazando la gestualidad humana por la estandarización mecánica.